jueves, 31 de marzo de 2011
lunes, 28 de marzo de 2011
BASTA DE MUERTES OBRERAS Y ACCIDENTES LABORALES
El jueves 24 de Marzo los trabajadores bahienses sufrimos otra nueva tragedia. César Benitez, joven obrero paraguayo de 31 años, quedó sepultado en un pozo de más de trece metros de profundidad, cuando se encontraba realizando tareas y se produjo un desmoronamiento de escombros y tierra, en un sector de la planta de Dreyfus, ubicada en Puerto Galván. Otros tres operarios que estaban trabajando junto a César sobrevivieron a la tragedia, aunque salieron golpeados y uno de ellos sufrió la pérdida de 3 dedos de su mano izquierda, cuando intentaba salvar a César.
César Benitez trabajaba para la subcontratista IGM en la construcción de una planta de elevación de granos y producción de aceites y biodiesel, de la alianza entre las multinacionales Dreyfus y Glencore. Las tareas que los operarios se encontraban realizando durante un feriado nacional tendrían que haberse suspendido, ya que las aguas de las napas subterráneas habían puesto muy fangosa la tierra, por lo que la excavación misma ya se tornaba peligrosa continuarla. Pero el plan de Dreyfus es terminar las obras para que la planta esté lista lo antes posible y así aprovechar la cosecha de soja venidera. Es decir, una vez más asistimos a la desidia capitalista, que pone por delante la sed de ganancias de los patrones a la vida de los trabajadores. Es tal el nivel de fangosidad de la tierra que aún continúan las tareas de rescate y no se ha podido encontrar su cuerpo. La desaparición de César se convierte en otro símbolo de las muertes por precarización laboral, que ya se han cobrado la vida en nuestra ciudad de Ernesto Monterroso, obrero de una contratista en Solvay Indupa, de Juan Carlos Manfredi obrero petroquímico que desempeñaba tareas en un laboratorio clandestino de Camin Cargo Control, y hace unos días de Ariel Quinteros obrero que realizaba tareas en Terminal Bahía Blanca, entre tantas otras.
La precarización laboral es uno de los graves flagelos que sufrimos los trabajadores, cuyas leyes de flexibilidad y reforma laboral aprobadas por peronistas y radicales durante los 90 se mantienen intactas y vigentes bajo el gobierno de Cristina. En nuestra ciudad la sufren miles de trabajadores petroquímicos y portuarios, que realizan tareas sin las mínimas condiciones de seguridad, con interminables y extenuantes jornadas de trabajo a merced de los ritmos que imponen las patronales, bajo convenios de trabajo eventuales y tercerizados (cuantos miles de obreros petroquímicos o portuarios están bajo convenio UOCRA!, o son despedidos cada tanto!), y con salarios menores a los efectivos.
Esta nueva tragedia obrera se suma a la larga lista de muertes por accidentes de trabajo en la Argentina gobernada por CFK. Según cifras oficiales, 3 trabajadores mueren por día por causas evitables. Si tenemos en cuenta que esta estadística sólo representa a los trabajadores registrados, la cifra se podría duplicar si consideramos que más del 40% de la clase obrera trabaja en negro.
La lamentable desaparición de César desnuda una vez más el cinismo y el doble discurso de este gobierno y sus aliados como Breitenstein, que mientras hacen gala del “crecimiento con inclusión social”, encubren que el mismo se realiza mediante negociados millonarios de las multinacionales a costa de la precarización laboral, el sudor y las muertes obreras.
Desde el PTS expresamos nuestro profundo dolor y nos solidarizamos con la familia de César, su mujer y sus dos hijos.
Al día de la fecha ni la UOCRA que realiza las obras en Dreyfus, ni URGARA que agrupa a los trabajadores cerealeros, ni el sindicato de trabajadores Petroquímicos, ni las centrales que las nuclean, CGT ( cuyo sec. gral es Montero de la UOCRA) y CTA, han convocado a ninguna acción de repudio. Por esta razón exigimos a la UOCRA , a URGARA, a Petroquímicos, la CGT y la CTA a convocar un plan de lucha con paros y movilizaciones para terminar con las muertes obreras, imponiendo comités de seguridad e higiene obreras para tomar medidas efectivas contra los accidentes fatales, para terminar con la precarización laboral y luchar por el pase a planta permanente de todos los trabajadores petroquímicos y portuarios de la ciudad.
Llamamos a todos los trabajadores portuarios y petroquímicos a tomar en nuestras manos estas banderas y organizarnos desde abajo para recuperar nuestras organizaciones sindicales, tomando el ejemplo de miles de trabajadores a nivel nacional como los obreros de Zanón y los ceramistas de Neuquén, los obreros de la alimentación como los de Kraft-Terrabusi, los trabajadores del subte y los ferroviarios.
PTS
PARTIDO DE LOS TRABAJADORES SOCIALISTAS
Contactos de prensa:
Hernán Perriere. Delegado de SUTEBA B.Bca: (0291)154638517
José Langiano. Presidente Centro de Estudiantes de Humanidades-UNS: (0291) 155063520
Daniela Rodriguez. Consejera Dtal- Humanidades UNS: (0291) 154181196
sábado, 26 de febrero de 2011
Aires de revolución en el Magreb
Los egipcios vuelven a la Plaza Tahrir y acusan al ejército de 'traicionar al pueblo'
El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas de Egipto negó este sábado que haya dado órdenes a la Policía Militar para agredir a los manifestantes en Tahrir y calificó los incidentes ocurridos en la céntrica plaza cairota de "roces no intencionados". La junta militar, que gobierna el país desde que el presidente Hosni Mubarak renunció el 11 de febrero pasado, hizo el anuncio en un breve comunicado difundido en su página de Facebook.
La nota se conoce después de que la policía desalojara con violencia a centenares de manifestares que pretendían acampar en la noche del viernes en la Plaza de la Liberación. El lugar, epicentro de las protestas políticas que terminaron con el régimen de Mubarak, había quedado libre después del derrocamiento del presidente. Sin embargo, el viernes decenas de miles de personas protestaron en la plaza pidiendo cambios políticos más rápidos y acusando a los militares de no mantener sus promesas. Algunos de ellos pretendían volver a acampar en ese lugar. (Seguir leyendo en: ElMunndo.es)
jueves, 24 de febrero de 2011
Cuando la revolución entra en escena...el "progresismo del Siglo XXI" se saca la careta
Una nueva “primavera de los pueblos”
ADELANTO DE LA REVISTA ESTRATEGIA INERNACIONAL Nº 27
El año 2011 comenzó con una oleada de levantamientos y movilizaciones obreras y populares. Si bien el epicentro de la intervención del movimiento de masas está en el mundo árabe y musulmán, donde están en curso distintos procesos revolucionarios, empieza a tener repercusiones en otras regiones del planeta, aunque aún se exprese en acciones con menor grado de profundidad y radicalización. Con el antecedente de la huelga general en Guadalupe en 2009, las movilizaciones y huelgas en Grecia en 2010 y la resistencia de los trabajadores y los jóvenes secundarios en Francia contra la reforma del sistema de pensiones de Sarkozy, esta oleada de luchas parece estar anunciando el inicio de un nuevo ciclo ascendente de la lucha de clases, con el trasfondo de la crisis económica internacional que ya lleva tres años.
El torbellino de la acción de masas en el mundo árabe y musulmán
Un repaso por los principales acontecimientos muestra el curso vertiginoso que ha tomado la entrada en escena de las masas en el mundo árabe. Tunez, 17 de diciembre de 2010. Un joven con título universitario pero que se ganaba la vida con un puesto de venta ambulante decidió inmolarse en protesta por la situación de miseria a la que el gobierno dictatorial de Ben Ali lo condenaba, al igual que a la gran mayoría de los jóvenes, trabajadores y desocupados. Este hecho trágico disparó un imponente levantamiento obrero y popular que el 14 de enero de 2011 derribó a Ben Ali, que había permanecido en el poder durante 23 años, con el sostén de Francia, antigua potencia colonial y principal socio comercial, y el apoyo de Estados Unidos que valoraba sus servicios en la “guerra contra el terrorismo”. La caída de Ben Ali no terminó de calmar las aguas: el domingo 20 de febrero miles de tunecinos volvieron a movilizarse reclamando la caída del “gobierno de transición” encabezado por Mohammed Ganouchi y exigieron el llamado a una asamblea constituyente.
El proceso tunecino desató una oleada revolucionaria que se extendió como un reguero de pólvora por el Norte de África, la península árabiga y el mundo musulmán. Las calles de Yemen, Jordania, Bahrein, Marruecos, Argelia, se llenan de jóvenes, trabajadores, mujeres, pobres de las ciudades, desocupados, que piden el fin de los regímenes despóticos –dictadores o monarcas– que son los que durante décadas han mantenido con puño de hierro las condiciones de opresión más brutales que permitieron imponer privatizaciones, ajustes y precarización laboral, para beneficio de las elites locales y las grandes transnacionales imperialistas.
Egipto, 25 de enero de 2011. Millones de personas, la gran mayoría jóvenes, sin empleo o con salarios de hambre, toman las calles de El Cairo, Alejandría y otras ciudades del país exigiendo la renuncia de Hosni Mubarak, uno de los principales aliados de Estados Unidos e Israel, en el poder desde 1981. El dictador resiste. Los manifestantes permanecen en la plaza Tahir. El ejército se preserva sin reprimir y mientras tanto negocia con Mubarak y el gobierno de Obama cómo organizar la salida de la dictadura sin darle a las masas un triunfo. Mientras las marchas se suceden y el ejército se preserva no reprimiendo las protestas, Mubarak intenta sostenerse en el poder ante la presión de las masas. Hasta que una imponente oleada de huelgas que paraliza los principales sectores de la economía, termina precipitando la caída de Mubarak el 11 de febrero. El ejército, que era pieza central del régimen y ha quedado intacto como principal sostén del estado, se hace cargo del gobierno. Sectores importantes de las clases medias parecen conformarse con las promesas de libertades democráticas dadas por la junta militar de gobierno, pero los trabajadores, alentados por la victoria conseguida, extienden las huelgas desafiando la prohibición de hacer huelgas y reuniones sindicales que intenta imponer el gobierno militar. Consiguieron que se vaya el dictador y ahora quieren salarios, mejores condiciones de vida, libertad sindical y exigen que se vayan los directores de las empresas nombrados por Mubarak. El pronóstico todavía es abierto: existe una posibilidad de que el ejército, apoyado por el imperialismo, la burguesía local y sus variantes políticas, logre sortear con éxito la “transición” y estabilizar una salida de “reacción democrática”, pero también existe la posibilidad que la dinámica de enfrentamiento con la clase obrera atraiga nuevamente a la lucha a amplios sectores de masas. O que la junta, que ha tomado en sus manos la redacción de una nueva constitución sin participación popular alguna, ceda finalmente muy poco y empuje también por esa vía de nuevo a las masas a las calles.
Yemen, 28 de enero. Decenas de miles de personas en Sanaa, la capital del país, y otras ciudades, exigen la renuncia de Ali Abdullah Sale, en el poder desde hace 33 años. Esa es la primera de una serie de movilizaciones que continuaron a pesar de la dura represión del régimen. Los motores de la lucha contra la dictadura yemení son profundos. Sale asumió el gobierno del entonces Yemen del Norte en 1978 y, en 1990, siguió en la presidencia de la República de Yemen, tras la reunificación capitalista del país en 1990. Este aliado norteamericano y de la monarquía saudita viene llevando adelante desde hace años una guerra sucia contra la población shiíta del norte y contra un movimiento separatista en el sur. Preside el país más pobre del mundo árabe, en el que casi la mitad de la población vive en la miseria y la desocupación alcanza al 35% de la población. Sin embargo este pequeño país tiene una importancia estratégica para Estados Unidos que desarrolla acciones militares encubiertas en su territorio persiguiendo supuestamente a combatientes de Al Qaeda e intenta organizar un recambio gubernamental con líderes opositores afines a sus intereses.
Libia, 15 de febrero. La represión contra una movilización antigubernamental en la ciudad de Bengasi, al este del país, desató un levantamiento insurreccional local contra el régimen de Kadafi. Las fuerzas de seguridad se pasaron del lado de los manifestantes que no sólo se hicieron de las armas sino también del control de la ciudad. Pero cuando las movilizaciones llegaron a Trípoli, la capital y sede del poder de Kadafi, la respuesta fue brutal. Aviones bombardearon barrios y dispararon sobre manifestantes. En solo un par de días la represión ya ha dejado centenares, si no miles, de muertos y desaparecidos. Kadafi, un coronel pretendidamente “tercermundista” devenido neoliberal, amigo de Bush, Blair y Berlusconi, que se ha mantenido en el gobierno desde 1969 usufructuando para él y su clan familiar gran parte de la cuantiosa renta petrolera, ha decidido resistir en el poder a fuerza de balas.
Indudablemente, por el grado de violencia de la represión del régimen y por la radicalidad del levantamiento, es el proceso más agudo con fuertes elementos de descomposición estatal, lo que abre la perspectiva de una guerra civil con resultado incierto, o incluso una situación de caos con enfrentamientos inter-tribales, en un país que es el doceavo exportador mundial de petróleo. Las potencias imperialistas, que en la última década hicieron buenos negocios con Kadafi, pasaron a oponerse al dictador -a diferencia de Italia con fuertes intereses cruzados en su antigua colonia- esperando que quizás su caída abra otras oportunidades para sus intereses, siempre y cuando se evite el escenario de desintegración y caos, aunque tampoco se puede descartar que de darse esta perspectiva, se utilice como excusa para desplegar alguna fuerza vinculada a la OTAN. Por su parte, los militares egipcios, que deben gerenciar su propia “transición” ven con preocupación que la fractura del ejército libio lleve a una situación descontrolada en el norte de África. Por eso, seguirían apoyando a Kadafi. El levantamiento en Libia ha dejado al desnudo a los gobiernos que se han alineado en la defensa del dictador como hizo Daniel Ortega, o hasta el momento se han callado ante la masacre como en el caso de Chávez. Incluso Fidel Castro justificó el accionar de Kadafi en nombre de una supuesta “resistencia al imperialismo”.
Bahrein, 16 de febrero. Las fuerzas de seguridad abren fuego contra una movilización que, inspirándose en Túnez y Egipto, pedía mejores condiciones de vida, cobrándose la vida de dos manifestantes. Este pequeño país, con un 70% de la población shiíta y un 30% sunnita, está gobernado desde fines del siglo XVIII por una dinastía monárquica sunita ligada a Arabia Saudita. El motor de la rebelión es la marginación de la mayoría shiíta –que compone el grueso de la clase obrera del país- de las estructuras del poder político. Aunque su peso demográfico y político es menor, la crisis en Bahrein puede tener consecuencias impredecibles para el imperialismo y la monarquía de Arabia Saudita. Bahrein es la sede del cuartel general de la quinta flota de marines norteamericanos, indispensable para la operación de las fuerzas de ocupación en Irak. Además, puede ser una fuente de inspiración para la población shiíta de Arabia Saudita, concentrada en las provincias petroleras del este. En apenas semanas, esta intervención explosiva del movimiento de masas del norte de África y la península arábiga, motorizada por las consecuencias de la crisis económica –en particular la suba de los precios de los alimentos–y el odio a los regímenes dictatoriales y proimperialistas, parece haber alentado la resistencia más allá de las fronteras de esta región.
Las movilizaciones empiezan a extenderse a otras regiones del globo
En Oaxaca, México, asomó nuevamente el fantasma de la Comuna de 2006. Los maestros volvieron a tomar las calles en protesta por una medida del presidente Calderón que favorece a la educación privada. El 15 de febrero, junto con otros sectores populares, se enfrentaron durante siete horas con las fuerzas policiales y de seguridad, y al día siguiente realizaron un paro de actividades y una movilización masiva para repudiar la represión y exigir la renuncia de funcionarios públicos.
En Bolivia, los trabajadores y sectores populares participaron de forma masiva en la jornada de protesta centralizada convocada por la Central Obrera Boliviana el 18 de febrero, contra los efectos inflacionarios del fallido intento de “gasolinazo” de Evo Morales y por el aumento de salarios. Aunque el rol de la COB es el de canalizar para descomprimir la lucha, es una confirmación de que el descontento por las medidas antipopulares del gobierno del MAS tiende a expresarse activamente con la movilización.
Incluso en Estados Unidos, donde lo que venía primando en la escena política es la emergencia de la extrema derecha agrupada en el Tea Party, la ofensiva del gobernador republicano de Wisconsin, Scott Walker, que pretende liquidar el rol de los sindicatos de empleados públicos en las negociaciones colectivas, provocó una importante respuesta de los trabajadores del sector público y los docentes, que se movilizaron por decenas de miles junto con los estudiantes, y acciones de solidaridad en varios estados el 23 de febrero. Aunque la dirección de los sindicatos y el partido demócrata juegan un rol en mantener controlado el movimiento, este es un síntoma importante que quizás preanuncie el despertar de la clase obrera norteamericana, muy golpeada por la crisis económica y que viene sufriendo un fuerte retroceso desde la década de 1980.
Mientras estamos escribiendo estas líneas, los trabajadores y la juventud en Grecia han vuelto a la lucha contra los planes de ajuste impuestos por la Unión Europea y el FMI, enfrentándose duramente con la policía antimotines en las calles de Atenas.
Son acciones prácticamente simultáneas de la lucha de clases como no se daban desde hace mucho tiempo. Estos acontecimientos ya están reactuando sobre la economía. El proceso en el mundo árabe y musulmán está llevando al aumento en los precios del petróleo y otras materias primas como el trigo. El destino de Libia, un importante abastecedor de petróleo a varias potencias de la Unión Europea, profundiza el temor de los mercados internacionales de que una disparada descontrolada del precio del crudo desencadene nuevas derivaciones de la crisis económica internacional. Además, por la importancia de la región para los intereses geopolíticos de Estados Unidos, la pérdida de aliados fundamentales como Mubarak puede profundizar la crisis hegemónica del imperialismo.
En los inicios de un nuevo período
Después de 30 años de restauración burguesa, estamos asistiendo a las primeras etapas de un nuevo período histórico en el que las masas están retornando a la escena, aunque con contornos y alcances todavía indefinidos.
Las analogías históricas, aunque imperfectas por definición, son de gran utilidad para analizar los procesos nuevos. En ese sentido, hemos usado la analogía con la restauración borbónica para comprender el significado profundo de la contrarrevolución neoliberal. Aunque ningún proceso histórico se repite, la actual oleada puede ser comparada con la llamada “primavera de los pueblos”. Históricamente, se conoció como “Primavera de los pueblos” a la oleada revolucionaria que comenzó en Francia en febrero de 1848 y rápidamente se extendió a Prusia y numerosas regiones de Alemania, al Imperio Austríaco, a Hungría que estaba bajo su control a Polonia, Italia y otros pueblos de Europa central, en el marco de la crisis económica que había estallado en 1846. Esta oleada desigual empezó a ser contenida con la salida de la crisis de la economía a mediados de 1850 y se cerró con el fin del proceso en Alemania ese mismo año y el autogolpe de Luis Napoleón Bonaparte en Francia el 2 de diciembre de 1851.
El límite de esta analogía histórica es que a diferencia del siglo XIX, esta nueva “primavera de los pueblos” ocurre en la época imperialista, de crisis, guerras y revoluciones. Tampoco estamos en el momento en el cual el proletariado moderno hizo su primera gran irrupción revolucionaria (como fue la insurrección de junio de 1848 en Francia) sino con una clase obrera que ha pasado por la experiencia de revolución y contrarrevolución del siglo XX.
Sin embargo, preferimos la analogía con ese período, que expresó el fin del período de restauración europea abierto con la caída de Napoleón en 1815 con el ascenso iniciado en 1968, ya que este contó desde un inicio con mayor centralidad proletaria y las masas no venían de un largo período de retroceso. El proceso actual carga sobre sus hombros las consecuencias de las tres décadas de restauración burguesa y esto no puede dejar de tenerse en cuenta para saber que este ciclo de la lucha de clases que se está abriendo será sin dudas tortuoso pero a la vez difícil de contener, ya que se da en el marco de la crisis capitalista mundial. En el ’68, donde también los jóvenes fueron protagonistas aunque con la presencia de una importante vanguardia radicalizada que se venía fogueando en la lucha contra la guerra de Vietnam en varios países, todavía continuaba el boom de la posguerra (la crisis se desataría con fuerza recién en 1973) mientras que hoy aunque los capitalistas lograron evitar la depresión a costa del monumental endeudamiento de los estados, la crisis en curso es más profunda que aquella que se dio a mitad de los ‘70.
La lucha por construir una dirección revolucionaria
Las potencias imperialistas primero se vieron sorprendidas por los acontecimientos que golpearon a sus aliados y agentes más relevantes como Ben Ali para Francia o Mubarak para Estados Unidos. La hipocresía imperialista quedó claramente expuesta, desacreditando aún más el discurso sobre la defensa de los “derechos humanos”. Durante más de treinta años, Estados Unidos, Francia, Italia, Gran Bretaña, entre otros han sostenido regímenes dictatoriales brutales, desde Mubarak hasta la monarquía saudita.
Pasado el desconcierto inicial, la política de Obama y de los países imperialistas de la Unión Europea es tratar de preservar lo más posible de los regímenes cuestionados por las masas mientras se presentan discursivamente como del lado de los manifestantes para tratar de imponer “transiciones pactadas” de recambio, buscando que no se alteren en lo esencial sus posiciones geopolíticas y sus negocios. En lo que hace a Egipto esto implica, en primer lugar, que se mantengan los acuerdos con el Estado de Israel y la subordinación política a las necesidades yanquis. De ahí que en las próximas semanas y meses en el mundo árabe musulmán se defina si vamos a procesos donde los trabajadores y las masas explotadas logren imponer sus demandas y liberarse de la dominación imperialista y de sus socios locales, o si estos lograrán contener el descontento popular y que la caída de los regímenes dictatoriales solo dé paso a regímenes con formas más o menos democrático-burguesas pero que no cuestionen lo central del orden imperialista, tal como ocurrió durante la década de 1980 en América Latina, aunque a diferencia de Latinoamérica, no se viene en esta región de derrotas históricas como fueron los golpes contrarrevolucionarios que terminaron con el ascenso de la década de 1970.
El elemento que juega en contra de esta perspectiva es que estamos en un contexto de crisis capitalista mundial que dificulta hacer concesiones sustantivas que logren desactivar los reclamos obreros y populares. Además, el carácter autocrático de la mayoría de los regímenes hace que las mediaciones políticas favorables al imperialismo sean todavía muy débiles.
Desde el ángulo del movimiento obrero, la principal debilidad es, como señalamos, la baja subjetividad revolucionaria con la que entra a este proceso luego de tres décadas de restauración burguesa. Las masas, en particular sus sectores avanzados, salen a la lucha pero sin una estrategia clara para derrotar el poder de la burguesía en vistas de imponer su propio estado, lo que impide llevar la lucha hasta el final. Tampoco por el momento parece haberse expresado una clara conciencia antiimperialista, aunque los regímenes y gobiernos contra los que se han desatado los levantamientos son abiertamente proimperialistas y las masas en el pasado expresaron su bronca contra estos por su apoyo a la guerra contra Irak o su rol cómplice frente a los ataques sionistas a Palestina. Sobre esa debilidad el imperialismo y las clases dominantes locales buscan contener los procesos en sus primeras etapas y desviarlos. Todo dependerá de que en el curso de este período la nueva vanguardia obrera y juvenil logre poner en pie verdaderas organizaciones revolucionarias que permitan llevar a los trabajadores, campesinos pobres y al conjunto de los explotados al poder.
En la región que hoy es epicentro de los levantamientos, aunque el movimiento obrero y popular tiene una importante tradición de lucha antiimperialista, las fuerzas marxistas revolucionarias han sido históricamente débiles, con la excepción parcial de Argelia. Sin embargo, los hechos que allí están sucediendo indudablemente tienen y tendrán repercusiones entre los trabajadores, los jóvenes y los sectores populares de todo el mundo. La vuelta a la escena de la acción independiente de las masas favorece la construcción de partidos obreros revolucionarios, particularmente en países donde la lucha de clases no solo tiene tradición, sino que mantuvo importantes niveles a lo largo de estos años, junto con una fuerte presencia y tradición trotskista como Francia, donde nuestros compañeros impulsan el Colectivo por una Tendencia Revolucionaria (Plataforma 4) en el seno del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y en Argentina, donde el PTS viene dando pasos importantes en la organización de la vanguardia obrera y juvenil. Los acontecimientos que estamos viviendo no hacen más que reforzar nuestras energías en la lucha por poner en pie partidos revolucionarios arraigados en la clase obrera y por reconstruir la IV Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Social.
(para ver más: http://www.pts.org.ar/)
El año 2011 comenzó con una oleada de levantamientos y movilizaciones obreras y populares. Si bien el epicentro de la intervención del movimiento de masas está en el mundo árabe y musulmán, donde están en curso distintos procesos revolucionarios, empieza a tener repercusiones en otras regiones del planeta, aunque aún se exprese en acciones con menor grado de profundidad y radicalización. Con el antecedente de la huelga general en Guadalupe en 2009, las movilizaciones y huelgas en Grecia en 2010 y la resistencia de los trabajadores y los jóvenes secundarios en Francia contra la reforma del sistema de pensiones de Sarkozy, esta oleada de luchas parece estar anunciando el inicio de un nuevo ciclo ascendente de la lucha de clases, con el trasfondo de la crisis económica internacional que ya lleva tres años.
El torbellino de la acción de masas en el mundo árabe y musulmán
Un repaso por los principales acontecimientos muestra el curso vertiginoso que ha tomado la entrada en escena de las masas en el mundo árabe. Tunez, 17 de diciembre de 2010. Un joven con título universitario pero que se ganaba la vida con un puesto de venta ambulante decidió inmolarse en protesta por la situación de miseria a la que el gobierno dictatorial de Ben Ali lo condenaba, al igual que a la gran mayoría de los jóvenes, trabajadores y desocupados. Este hecho trágico disparó un imponente levantamiento obrero y popular que el 14 de enero de 2011 derribó a Ben Ali, que había permanecido en el poder durante 23 años, con el sostén de Francia, antigua potencia colonial y principal socio comercial, y el apoyo de Estados Unidos que valoraba sus servicios en la “guerra contra el terrorismo”. La caída de Ben Ali no terminó de calmar las aguas: el domingo 20 de febrero miles de tunecinos volvieron a movilizarse reclamando la caída del “gobierno de transición” encabezado por Mohammed Ganouchi y exigieron el llamado a una asamblea constituyente.
El proceso tunecino desató una oleada revolucionaria que se extendió como un reguero de pólvora por el Norte de África, la península árabiga y el mundo musulmán. Las calles de Yemen, Jordania, Bahrein, Marruecos, Argelia, se llenan de jóvenes, trabajadores, mujeres, pobres de las ciudades, desocupados, que piden el fin de los regímenes despóticos –dictadores o monarcas– que son los que durante décadas han mantenido con puño de hierro las condiciones de opresión más brutales que permitieron imponer privatizaciones, ajustes y precarización laboral, para beneficio de las elites locales y las grandes transnacionales imperialistas.
Egipto, 25 de enero de 2011. Millones de personas, la gran mayoría jóvenes, sin empleo o con salarios de hambre, toman las calles de El Cairo, Alejandría y otras ciudades del país exigiendo la renuncia de Hosni Mubarak, uno de los principales aliados de Estados Unidos e Israel, en el poder desde 1981. El dictador resiste. Los manifestantes permanecen en la plaza Tahir. El ejército se preserva sin reprimir y mientras tanto negocia con Mubarak y el gobierno de Obama cómo organizar la salida de la dictadura sin darle a las masas un triunfo. Mientras las marchas se suceden y el ejército se preserva no reprimiendo las protestas, Mubarak intenta sostenerse en el poder ante la presión de las masas. Hasta que una imponente oleada de huelgas que paraliza los principales sectores de la economía, termina precipitando la caída de Mubarak el 11 de febrero. El ejército, que era pieza central del régimen y ha quedado intacto como principal sostén del estado, se hace cargo del gobierno. Sectores importantes de las clases medias parecen conformarse con las promesas de libertades democráticas dadas por la junta militar de gobierno, pero los trabajadores, alentados por la victoria conseguida, extienden las huelgas desafiando la prohibición de hacer huelgas y reuniones sindicales que intenta imponer el gobierno militar. Consiguieron que se vaya el dictador y ahora quieren salarios, mejores condiciones de vida, libertad sindical y exigen que se vayan los directores de las empresas nombrados por Mubarak. El pronóstico todavía es abierto: existe una posibilidad de que el ejército, apoyado por el imperialismo, la burguesía local y sus variantes políticas, logre sortear con éxito la “transición” y estabilizar una salida de “reacción democrática”, pero también existe la posibilidad que la dinámica de enfrentamiento con la clase obrera atraiga nuevamente a la lucha a amplios sectores de masas. O que la junta, que ha tomado en sus manos la redacción de una nueva constitución sin participación popular alguna, ceda finalmente muy poco y empuje también por esa vía de nuevo a las masas a las calles.
Yemen, 28 de enero. Decenas de miles de personas en Sanaa, la capital del país, y otras ciudades, exigen la renuncia de Ali Abdullah Sale, en el poder desde hace 33 años. Esa es la primera de una serie de movilizaciones que continuaron a pesar de la dura represión del régimen. Los motores de la lucha contra la dictadura yemení son profundos. Sale asumió el gobierno del entonces Yemen del Norte en 1978 y, en 1990, siguió en la presidencia de la República de Yemen, tras la reunificación capitalista del país en 1990. Este aliado norteamericano y de la monarquía saudita viene llevando adelante desde hace años una guerra sucia contra la población shiíta del norte y contra un movimiento separatista en el sur. Preside el país más pobre del mundo árabe, en el que casi la mitad de la población vive en la miseria y la desocupación alcanza al 35% de la población. Sin embargo este pequeño país tiene una importancia estratégica para Estados Unidos que desarrolla acciones militares encubiertas en su territorio persiguiendo supuestamente a combatientes de Al Qaeda e intenta organizar un recambio gubernamental con líderes opositores afines a sus intereses.
Libia, 15 de febrero. La represión contra una movilización antigubernamental en la ciudad de Bengasi, al este del país, desató un levantamiento insurreccional local contra el régimen de Kadafi. Las fuerzas de seguridad se pasaron del lado de los manifestantes que no sólo se hicieron de las armas sino también del control de la ciudad. Pero cuando las movilizaciones llegaron a Trípoli, la capital y sede del poder de Kadafi, la respuesta fue brutal. Aviones bombardearon barrios y dispararon sobre manifestantes. En solo un par de días la represión ya ha dejado centenares, si no miles, de muertos y desaparecidos. Kadafi, un coronel pretendidamente “tercermundista” devenido neoliberal, amigo de Bush, Blair y Berlusconi, que se ha mantenido en el gobierno desde 1969 usufructuando para él y su clan familiar gran parte de la cuantiosa renta petrolera, ha decidido resistir en el poder a fuerza de balas.
Indudablemente, por el grado de violencia de la represión del régimen y por la radicalidad del levantamiento, es el proceso más agudo con fuertes elementos de descomposición estatal, lo que abre la perspectiva de una guerra civil con resultado incierto, o incluso una situación de caos con enfrentamientos inter-tribales, en un país que es el doceavo exportador mundial de petróleo. Las potencias imperialistas, que en la última década hicieron buenos negocios con Kadafi, pasaron a oponerse al dictador -a diferencia de Italia con fuertes intereses cruzados en su antigua colonia- esperando que quizás su caída abra otras oportunidades para sus intereses, siempre y cuando se evite el escenario de desintegración y caos, aunque tampoco se puede descartar que de darse esta perspectiva, se utilice como excusa para desplegar alguna fuerza vinculada a la OTAN. Por su parte, los militares egipcios, que deben gerenciar su propia “transición” ven con preocupación que la fractura del ejército libio lleve a una situación descontrolada en el norte de África. Por eso, seguirían apoyando a Kadafi. El levantamiento en Libia ha dejado al desnudo a los gobiernos que se han alineado en la defensa del dictador como hizo Daniel Ortega, o hasta el momento se han callado ante la masacre como en el caso de Chávez. Incluso Fidel Castro justificó el accionar de Kadafi en nombre de una supuesta “resistencia al imperialismo”.
Bahrein, 16 de febrero. Las fuerzas de seguridad abren fuego contra una movilización que, inspirándose en Túnez y Egipto, pedía mejores condiciones de vida, cobrándose la vida de dos manifestantes. Este pequeño país, con un 70% de la población shiíta y un 30% sunnita, está gobernado desde fines del siglo XVIII por una dinastía monárquica sunita ligada a Arabia Saudita. El motor de la rebelión es la marginación de la mayoría shiíta –que compone el grueso de la clase obrera del país- de las estructuras del poder político. Aunque su peso demográfico y político es menor, la crisis en Bahrein puede tener consecuencias impredecibles para el imperialismo y la monarquía de Arabia Saudita. Bahrein es la sede del cuartel general de la quinta flota de marines norteamericanos, indispensable para la operación de las fuerzas de ocupación en Irak. Además, puede ser una fuente de inspiración para la población shiíta de Arabia Saudita, concentrada en las provincias petroleras del este. En apenas semanas, esta intervención explosiva del movimiento de masas del norte de África y la península arábiga, motorizada por las consecuencias de la crisis económica –en particular la suba de los precios de los alimentos–y el odio a los regímenes dictatoriales y proimperialistas, parece haber alentado la resistencia más allá de las fronteras de esta región.
Las movilizaciones empiezan a extenderse a otras regiones del globo
En Oaxaca, México, asomó nuevamente el fantasma de la Comuna de 2006. Los maestros volvieron a tomar las calles en protesta por una medida del presidente Calderón que favorece a la educación privada. El 15 de febrero, junto con otros sectores populares, se enfrentaron durante siete horas con las fuerzas policiales y de seguridad, y al día siguiente realizaron un paro de actividades y una movilización masiva para repudiar la represión y exigir la renuncia de funcionarios públicos.
En Bolivia, los trabajadores y sectores populares participaron de forma masiva en la jornada de protesta centralizada convocada por la Central Obrera Boliviana el 18 de febrero, contra los efectos inflacionarios del fallido intento de “gasolinazo” de Evo Morales y por el aumento de salarios. Aunque el rol de la COB es el de canalizar para descomprimir la lucha, es una confirmación de que el descontento por las medidas antipopulares del gobierno del MAS tiende a expresarse activamente con la movilización.
Incluso en Estados Unidos, donde lo que venía primando en la escena política es la emergencia de la extrema derecha agrupada en el Tea Party, la ofensiva del gobernador republicano de Wisconsin, Scott Walker, que pretende liquidar el rol de los sindicatos de empleados públicos en las negociaciones colectivas, provocó una importante respuesta de los trabajadores del sector público y los docentes, que se movilizaron por decenas de miles junto con los estudiantes, y acciones de solidaridad en varios estados el 23 de febrero. Aunque la dirección de los sindicatos y el partido demócrata juegan un rol en mantener controlado el movimiento, este es un síntoma importante que quizás preanuncie el despertar de la clase obrera norteamericana, muy golpeada por la crisis económica y que viene sufriendo un fuerte retroceso desde la década de 1980.
Mientras estamos escribiendo estas líneas, los trabajadores y la juventud en Grecia han vuelto a la lucha contra los planes de ajuste impuestos por la Unión Europea y el FMI, enfrentándose duramente con la policía antimotines en las calles de Atenas.
Son acciones prácticamente simultáneas de la lucha de clases como no se daban desde hace mucho tiempo. Estos acontecimientos ya están reactuando sobre la economía. El proceso en el mundo árabe y musulmán está llevando al aumento en los precios del petróleo y otras materias primas como el trigo. El destino de Libia, un importante abastecedor de petróleo a varias potencias de la Unión Europea, profundiza el temor de los mercados internacionales de que una disparada descontrolada del precio del crudo desencadene nuevas derivaciones de la crisis económica internacional. Además, por la importancia de la región para los intereses geopolíticos de Estados Unidos, la pérdida de aliados fundamentales como Mubarak puede profundizar la crisis hegemónica del imperialismo.
En los inicios de un nuevo período
Después de 30 años de restauración burguesa, estamos asistiendo a las primeras etapas de un nuevo período histórico en el que las masas están retornando a la escena, aunque con contornos y alcances todavía indefinidos.
Las analogías históricas, aunque imperfectas por definición, son de gran utilidad para analizar los procesos nuevos. En ese sentido, hemos usado la analogía con la restauración borbónica para comprender el significado profundo de la contrarrevolución neoliberal. Aunque ningún proceso histórico se repite, la actual oleada puede ser comparada con la llamada “primavera de los pueblos”. Históricamente, se conoció como “Primavera de los pueblos” a la oleada revolucionaria que comenzó en Francia en febrero de 1848 y rápidamente se extendió a Prusia y numerosas regiones de Alemania, al Imperio Austríaco, a Hungría que estaba bajo su control a Polonia, Italia y otros pueblos de Europa central, en el marco de la crisis económica que había estallado en 1846. Esta oleada desigual empezó a ser contenida con la salida de la crisis de la economía a mediados de 1850 y se cerró con el fin del proceso en Alemania ese mismo año y el autogolpe de Luis Napoleón Bonaparte en Francia el 2 de diciembre de 1851.
El límite de esta analogía histórica es que a diferencia del siglo XIX, esta nueva “primavera de los pueblos” ocurre en la época imperialista, de crisis, guerras y revoluciones. Tampoco estamos en el momento en el cual el proletariado moderno hizo su primera gran irrupción revolucionaria (como fue la insurrección de junio de 1848 en Francia) sino con una clase obrera que ha pasado por la experiencia de revolución y contrarrevolución del siglo XX.
Sin embargo, preferimos la analogía con ese período, que expresó el fin del período de restauración europea abierto con la caída de Napoleón en 1815 con el ascenso iniciado en 1968, ya que este contó desde un inicio con mayor centralidad proletaria y las masas no venían de un largo período de retroceso. El proceso actual carga sobre sus hombros las consecuencias de las tres décadas de restauración burguesa y esto no puede dejar de tenerse en cuenta para saber que este ciclo de la lucha de clases que se está abriendo será sin dudas tortuoso pero a la vez difícil de contener, ya que se da en el marco de la crisis capitalista mundial. En el ’68, donde también los jóvenes fueron protagonistas aunque con la presencia de una importante vanguardia radicalizada que se venía fogueando en la lucha contra la guerra de Vietnam en varios países, todavía continuaba el boom de la posguerra (la crisis se desataría con fuerza recién en 1973) mientras que hoy aunque los capitalistas lograron evitar la depresión a costa del monumental endeudamiento de los estados, la crisis en curso es más profunda que aquella que se dio a mitad de los ‘70.
La lucha por construir una dirección revolucionaria
Las potencias imperialistas primero se vieron sorprendidas por los acontecimientos que golpearon a sus aliados y agentes más relevantes como Ben Ali para Francia o Mubarak para Estados Unidos. La hipocresía imperialista quedó claramente expuesta, desacreditando aún más el discurso sobre la defensa de los “derechos humanos”. Durante más de treinta años, Estados Unidos, Francia, Italia, Gran Bretaña, entre otros han sostenido regímenes dictatoriales brutales, desde Mubarak hasta la monarquía saudita.
Pasado el desconcierto inicial, la política de Obama y de los países imperialistas de la Unión Europea es tratar de preservar lo más posible de los regímenes cuestionados por las masas mientras se presentan discursivamente como del lado de los manifestantes para tratar de imponer “transiciones pactadas” de recambio, buscando que no se alteren en lo esencial sus posiciones geopolíticas y sus negocios. En lo que hace a Egipto esto implica, en primer lugar, que se mantengan los acuerdos con el Estado de Israel y la subordinación política a las necesidades yanquis. De ahí que en las próximas semanas y meses en el mundo árabe musulmán se defina si vamos a procesos donde los trabajadores y las masas explotadas logren imponer sus demandas y liberarse de la dominación imperialista y de sus socios locales, o si estos lograrán contener el descontento popular y que la caída de los regímenes dictatoriales solo dé paso a regímenes con formas más o menos democrático-burguesas pero que no cuestionen lo central del orden imperialista, tal como ocurrió durante la década de 1980 en América Latina, aunque a diferencia de Latinoamérica, no se viene en esta región de derrotas históricas como fueron los golpes contrarrevolucionarios que terminaron con el ascenso de la década de 1970.
El elemento que juega en contra de esta perspectiva es que estamos en un contexto de crisis capitalista mundial que dificulta hacer concesiones sustantivas que logren desactivar los reclamos obreros y populares. Además, el carácter autocrático de la mayoría de los regímenes hace que las mediaciones políticas favorables al imperialismo sean todavía muy débiles.
Desde el ángulo del movimiento obrero, la principal debilidad es, como señalamos, la baja subjetividad revolucionaria con la que entra a este proceso luego de tres décadas de restauración burguesa. Las masas, en particular sus sectores avanzados, salen a la lucha pero sin una estrategia clara para derrotar el poder de la burguesía en vistas de imponer su propio estado, lo que impide llevar la lucha hasta el final. Tampoco por el momento parece haberse expresado una clara conciencia antiimperialista, aunque los regímenes y gobiernos contra los que se han desatado los levantamientos son abiertamente proimperialistas y las masas en el pasado expresaron su bronca contra estos por su apoyo a la guerra contra Irak o su rol cómplice frente a los ataques sionistas a Palestina. Sobre esa debilidad el imperialismo y las clases dominantes locales buscan contener los procesos en sus primeras etapas y desviarlos. Todo dependerá de que en el curso de este período la nueva vanguardia obrera y juvenil logre poner en pie verdaderas organizaciones revolucionarias que permitan llevar a los trabajadores, campesinos pobres y al conjunto de los explotados al poder.
En la región que hoy es epicentro de los levantamientos, aunque el movimiento obrero y popular tiene una importante tradición de lucha antiimperialista, las fuerzas marxistas revolucionarias han sido históricamente débiles, con la excepción parcial de Argelia. Sin embargo, los hechos que allí están sucediendo indudablemente tienen y tendrán repercusiones entre los trabajadores, los jóvenes y los sectores populares de todo el mundo. La vuelta a la escena de la acción independiente de las masas favorece la construcción de partidos obreros revolucionarios, particularmente en países donde la lucha de clases no solo tiene tradición, sino que mantuvo importantes niveles a lo largo de estos años, junto con una fuerte presencia y tradición trotskista como Francia, donde nuestros compañeros impulsan el Colectivo por una Tendencia Revolucionaria (Plataforma 4) en el seno del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y en Argentina, donde el PTS viene dando pasos importantes en la organización de la vanguardia obrera y juvenil. Los acontecimientos que estamos viviendo no hacen más que reforzar nuestras energías en la lucha por poner en pie partidos revolucionarios arraigados en la clase obrera y por reconstruir la IV Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Social.
(para ver más: http://www.pts.org.ar/)
martes, 22 de febrero de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
Una ola de huelgas paraliza a Egipto: advertencia de la Junta
15/02/11 Involucra a los servicios públicos, bancarios, médicos, enfermeros, trabajadores del Canal de Suez y hasta policías. Reclaman aumentos de sueldo y mejoras en las condiciones laborales. El gobierno dijo que no tolerará más protestas.
Egipto, liberado de la dictadura, se encendió ahora con un aluvión de huelgas y marchas sindicales alimentadas en unas condiciones laborales y de ingresos históricamente postergadas, que amenaza con una nueva etapa de grave agitación en este país. Las protestas involucran todo el arco laboral, desde servicios públicos, sanidad, bancarios, del Canal de Suez y hasta policías. Ayer la junta militar que gobierna Egipto sin Constitución ni Parlamento desde el golpe que derrocó el viernes al dictador Hosni Mubarak, advirtió que no se tolerarán las nuevas protestas y demandó a la gente regresar a sus trabajos.
“Los nobles egipcios ven que estas huelgas, en este momento tan delicado, llevan a resultados negativos”, dijo en tono cauto el vocero de la Junta. Nadie aquí apostaba ayer a que el mensaje vaya a ser acatado. Ahmed tiene 32 años, es bancario y está en huelga desde el domingo que es día laborable en esta parte del mundo. “Tenemos derecho a pedir aumento, ganamos la revolución”, le dice a este enviado en la plaza Tharir. Cuando se le consulta sobre el pedido de la Junta, dice con tono de delegado: “Están equivocados, no son así las cosas. Va a estallar una huelga general si no atienden los pedidos ”.
Ayer había insistentes versiones en El Cairo respecto de que los militares consideran prohibir el derecho de huelga y de reunión hasta que se celebren las prometidas elecciones en seis meses. Pero ambos son partes de los derechos que recuperó la población con esta rebelión y sólo podrían volver a conculcarse con una fuerte represión. Es una situación compleja. La dictadura sostuvo un régimen laboral con grandes niveles de explotación y sin derecho a las protestas. Esas demandas reprimidas están surgiendo como una catarata.
Los militares quieren evitar reprimir a los trabajadores para no perder autoridad ni la imagen de neutralidad que construyeron en esta crisis y que los vincula especialmente con los sectores más empobrecidos del país. Será difícil. El derrocamiento de Mubarak se produjo cuando fue claro que además de la protesta civil en las calles, habían surgido huelgas en todo el país que acompañaban la rebelión y ponían en riesgo a la economía. Ese escalamiento convenció a los aliados del hombre fuerte, en especial al establishment local, a retirarle su apoyo y sobrevino el golpe.
La crisis de Egipto y la que se produjo previamente en Túnez, o las que están esparciéndose por todo el mundo árabe y en Irán, tienen como impulso central la falta de libertad y las críticas desigualdades sociales que estos despotismos mantuvieron o mantienen como norma.
El triunfo sobre la dictadura aquí abrió así todas las compuertas. Ayer, en la plaza de la Liberación, el centro neurálgico de esta revolución –ahora completamente ordenada y sin carpas– Clarín pudo ver por lo menos dos marchas muy nutridas de trabajadores que reclamaban aumentos salariales. Parte de ellos, pertenecientes al transporte público de pasajeros, hicieron una concentración en el cercano canal de televisión estatal, donde también centenares de ambulancias fueron estacionadas en protesta por los conductores que piden mejores ingresos.
A pocas cuadras de la plaza, otras pequeñas columnas de trabajadores eran de empleados de bazares, o de empresas textiles con iguales reclamos. El domingo un grupo de trabajadores se plantó en las vías de los trenes de larga distancia aquí, en la estación central de El Cairo, reclamando que se los convierta en empleados fijos de la empresa y, por cierto, con aumentos en el ingreso.
El problema es que los sueldos en este país son realmente muy magros. Hala Fawsi, de 34 años, madre de dos niños que protestaba en las puertas de una empresa estatal de seguros donde trabaja desde hace cinco años, dijo que gana el equivalente en libras egipcias a veinte dólares por mes . “Ahora tenemos el coraje de salir y reclamar”, comentó. Ese dinero es realmente poco. Un dólar está en torno de las cinco libras y los alimentos se han disparado desde el inicio de la crisis global mundial, pero también debido a esta coyuntura local.
La inflación sólo el año pasado fue de 13% .
El ministro de Finanzas, Samir Raduan, dijo que el país perdió en estos 18 días de rebelión alrededor de dos puntos del Producto, pero aún falta evaluar lo que ha causado el fracaso de la temporada de turismo, actividad que aquí explica casi 9 por ciento de la economía del país.
Ayer también se malogró la operación bancaria. Una huelga paralizó al Banco Nacional, el mayor del país, y también a una enorme cantidad de otras entidades. El Banco Central decidió suspender las actividades, lo que se complica debido a que hoy es feriado aquí. De modo que recién volverán a abrir el miércoles.
La Bolsa de Comercio, que también iba a comenzar a operar ese día, decidió nuevamente postergar el reinicio para el domingo entrante, en un esfuerzo para moderar lo que se supone será una fuerte caída de los papeles debido a la incertidumbre reinante en el país. Ya en enero, en apenas dos días de operaciones antes de que estallara la crisis, los principales papeles se encogieron 17% .
En medio de estas convulsiones, se supo ayer que dos de los dirigentes de la plaza decidieron tomar contacto con los militares. Fue después que la junta anunciara el cierre del Congreso, como demandaban los manifestantes y la suspensión de la Constitución. Se aclaró luego que una reforma de la Carta Magna estará preparada en diez días y pasará a referéndum en dos meses.
El ex alto ejecutivo de marketing de Google, Wael Ghonim, y el blogger Amr Salama informaron en Internet que se reunieron el domingo con parte de la dirigencia militar de la Junta. No dieron nombres.
“Hablamos con el ejército para intentar entender sus puntos de vista y comunicarles nuestras visiones”, escribió Ghonim, quien estuvo detenido y desaparecido durante 12 días antes de la caída del régimen y que al salir se convirtió en un líder de la revuelta.
Más protestas en Yemen
Inspirados por la histórica jornada de protestas en Egipto que terminó con el régimen de Hosni Mubarak, miles de yemeníes volvieron a reclamar ayer por la salida de Ali Abdullah Saleh, quien se ha perpetuado en el poder durante los últimos 32 años. Fue el cuarto día consecutivo de protestas en aquel país.
“Después de Mubarak, Ali” gritaron los manifestantes en las calles de Sana, capital de Yemen. Como su par egipcio, Saleh es un aliado de los Estados Unidos. La protesta fue organizada por estudiantes y representantes de la sociedad civil, a quienes se sumaron un grupo de abogados.
La situación se tornó violenta cuando los manifestantes chocaron con una contramarcha a favor de Saleh frente a la Universidad de Sana. Los simpatizantes del presidente yemení habrían atacado con piedras y cuchillos, y tres personas resultaron heridas.
La ciudad industrial de Taiz también fue escenario de protestas. Hubo cuatro heridos por peleas entre opositores y oficialistas, y la policía lanzó proyectiles al aire para reestablecer el orden.
SANA. AP, ANSA Y EFE
Egipto, liberado de la dictadura, se encendió ahora con un aluvión de huelgas y marchas sindicales alimentadas en unas condiciones laborales y de ingresos históricamente postergadas, que amenaza con una nueva etapa de grave agitación en este país. Las protestas involucran todo el arco laboral, desde servicios públicos, sanidad, bancarios, del Canal de Suez y hasta policías. Ayer la junta militar que gobierna Egipto sin Constitución ni Parlamento desde el golpe que derrocó el viernes al dictador Hosni Mubarak, advirtió que no se tolerarán las nuevas protestas y demandó a la gente regresar a sus trabajos.
“Los nobles egipcios ven que estas huelgas, en este momento tan delicado, llevan a resultados negativos”, dijo en tono cauto el vocero de la Junta. Nadie aquí apostaba ayer a que el mensaje vaya a ser acatado. Ahmed tiene 32 años, es bancario y está en huelga desde el domingo que es día laborable en esta parte del mundo. “Tenemos derecho a pedir aumento, ganamos la revolución”, le dice a este enviado en la plaza Tharir. Cuando se le consulta sobre el pedido de la Junta, dice con tono de delegado: “Están equivocados, no son así las cosas. Va a estallar una huelga general si no atienden los pedidos ”.
Ayer había insistentes versiones en El Cairo respecto de que los militares consideran prohibir el derecho de huelga y de reunión hasta que se celebren las prometidas elecciones en seis meses. Pero ambos son partes de los derechos que recuperó la población con esta rebelión y sólo podrían volver a conculcarse con una fuerte represión. Es una situación compleja. La dictadura sostuvo un régimen laboral con grandes niveles de explotación y sin derecho a las protestas. Esas demandas reprimidas están surgiendo como una catarata.
Los militares quieren evitar reprimir a los trabajadores para no perder autoridad ni la imagen de neutralidad que construyeron en esta crisis y que los vincula especialmente con los sectores más empobrecidos del país. Será difícil. El derrocamiento de Mubarak se produjo cuando fue claro que además de la protesta civil en las calles, habían surgido huelgas en todo el país que acompañaban la rebelión y ponían en riesgo a la economía. Ese escalamiento convenció a los aliados del hombre fuerte, en especial al establishment local, a retirarle su apoyo y sobrevino el golpe.
La crisis de Egipto y la que se produjo previamente en Túnez, o las que están esparciéndose por todo el mundo árabe y en Irán, tienen como impulso central la falta de libertad y las críticas desigualdades sociales que estos despotismos mantuvieron o mantienen como norma.
El triunfo sobre la dictadura aquí abrió así todas las compuertas. Ayer, en la plaza de la Liberación, el centro neurálgico de esta revolución –ahora completamente ordenada y sin carpas– Clarín pudo ver por lo menos dos marchas muy nutridas de trabajadores que reclamaban aumentos salariales. Parte de ellos, pertenecientes al transporte público de pasajeros, hicieron una concentración en el cercano canal de televisión estatal, donde también centenares de ambulancias fueron estacionadas en protesta por los conductores que piden mejores ingresos.
A pocas cuadras de la plaza, otras pequeñas columnas de trabajadores eran de empleados de bazares, o de empresas textiles con iguales reclamos. El domingo un grupo de trabajadores se plantó en las vías de los trenes de larga distancia aquí, en la estación central de El Cairo, reclamando que se los convierta en empleados fijos de la empresa y, por cierto, con aumentos en el ingreso.
El problema es que los sueldos en este país son realmente muy magros. Hala Fawsi, de 34 años, madre de dos niños que protestaba en las puertas de una empresa estatal de seguros donde trabaja desde hace cinco años, dijo que gana el equivalente en libras egipcias a veinte dólares por mes . “Ahora tenemos el coraje de salir y reclamar”, comentó. Ese dinero es realmente poco. Un dólar está en torno de las cinco libras y los alimentos se han disparado desde el inicio de la crisis global mundial, pero también debido a esta coyuntura local.
La inflación sólo el año pasado fue de 13% .
El ministro de Finanzas, Samir Raduan, dijo que el país perdió en estos 18 días de rebelión alrededor de dos puntos del Producto, pero aún falta evaluar lo que ha causado el fracaso de la temporada de turismo, actividad que aquí explica casi 9 por ciento de la economía del país.
Ayer también se malogró la operación bancaria. Una huelga paralizó al Banco Nacional, el mayor del país, y también a una enorme cantidad de otras entidades. El Banco Central decidió suspender las actividades, lo que se complica debido a que hoy es feriado aquí. De modo que recién volverán a abrir el miércoles.
La Bolsa de Comercio, que también iba a comenzar a operar ese día, decidió nuevamente postergar el reinicio para el domingo entrante, en un esfuerzo para moderar lo que se supone será una fuerte caída de los papeles debido a la incertidumbre reinante en el país. Ya en enero, en apenas dos días de operaciones antes de que estallara la crisis, los principales papeles se encogieron 17% .
En medio de estas convulsiones, se supo ayer que dos de los dirigentes de la plaza decidieron tomar contacto con los militares. Fue después que la junta anunciara el cierre del Congreso, como demandaban los manifestantes y la suspensión de la Constitución. Se aclaró luego que una reforma de la Carta Magna estará preparada en diez días y pasará a referéndum en dos meses.
El ex alto ejecutivo de marketing de Google, Wael Ghonim, y el blogger Amr Salama informaron en Internet que se reunieron el domingo con parte de la dirigencia militar de la Junta. No dieron nombres.
“Hablamos con el ejército para intentar entender sus puntos de vista y comunicarles nuestras visiones”, escribió Ghonim, quien estuvo detenido y desaparecido durante 12 días antes de la caída del régimen y que al salir se convirtió en un líder de la revuelta.
Más protestas en Yemen
Inspirados por la histórica jornada de protestas en Egipto que terminó con el régimen de Hosni Mubarak, miles de yemeníes volvieron a reclamar ayer por la salida de Ali Abdullah Saleh, quien se ha perpetuado en el poder durante los últimos 32 años. Fue el cuarto día consecutivo de protestas en aquel país.
“Después de Mubarak, Ali” gritaron los manifestantes en las calles de Sana, capital de Yemen. Como su par egipcio, Saleh es un aliado de los Estados Unidos. La protesta fue organizada por estudiantes y representantes de la sociedad civil, a quienes se sumaron un grupo de abogados.
La situación se tornó violenta cuando los manifestantes chocaron con una contramarcha a favor de Saleh frente a la Universidad de Sana. Los simpatizantes del presidente yemení habrían atacado con piedras y cuchillos, y tres personas resultaron heridas.
La ciudad industrial de Taiz también fue escenario de protestas. Hubo cuatro heridos por peleas entre opositores y oficialistas, y la policía lanzó proyectiles al aire para reestablecer el orden.
SANA. AP, ANSA Y EFE
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